ESPAÑA … UNA LECCIÓN

 

Dado mi cercanía con España, donde he encontrado personas maravillosas y donde he empezado mi carrera de escritor, siendo el primer país que me abrió las puertas, me tomo la libertad de hacer un comentario sobre la situación general, desde mi humilde modo de ver las cosas y la pregunta que me hago es ¿Hacia dónde va España?

 

 

No pretendo hacer una reflexión sobre el pasado o el futuro, sino la realidad y ver que es lo que podemos aprender. La verdad es que España (todas las cifras lo indican) está viviendo y vivirá una crisis económica catastrófica. Espero que no. Pero no es más que la consecuencia de una crisis política, social y moral. España no se ha escapado de la trampa que le fue tendida y que ha recibido con los brazos abiertos.  

 

 

El país no ha escapado ni del influjo moderno, ni de la influencia moral actual. Se ha preocupado en poseer y no en crear. Se ha dado a la diversión del dinero fácil, no invirtiendo a largo plazo y se ha metido en una serie de discusiones políticas y sociales, que parecían enterradas ya. Quien decide vivir en el pasado y solo mirando el lado negativo de las cosas, está destinado a volver a vivir el pasado y vivir aquello negativo que ha cultivado.

 

Quizás (digo es un decir), la gloria del equipo de fútbol y el deporte han hecho creer algo que en verdad no existe. He visto un discurso del presidente de gobierno y me digo ¿Este Sr. ¿En qué país vive? No hay nada de magia en los asuntos de gobierno, ni alquimia en la economía. Se mira a Alemania como los malos de la película, cuando son aquellos que malgastaron el dinero, aquellos que cometieron corrupción, aquellos que han pensado más en partidos que en la nación los responsables.

 

 

España, sin duda no está sola, hay muchos países que han caído en esta trampa y la pregunta es ¿Cómo se podrá salir? y habra la volunta de hacerlo?

 


PANDEMIA MORAL

 Si algo nos ha mostrado, en carne viva, esta pandemia es de lo lejos que estamos en convertirnos en una raza unidad.

 

Todo lo contrario, nos ha demostrado los unidos y egoístas que somos. Si hubieran imaginado si en marzo del 2020, cuando todo indicaba que esto estaba empezando, todos, pero absolutamente todos hubiéramos tomado las cosas en serio, hubiéramos seguido las indicaciones, hubiéramos en verdad suprimido todo viaje, todo contacto dentro de lo posible, toda fiesta o reunión por solo cuatro semanas ¿Cuál sería el resultado? Pero no, la gente se amargo, se quejó, decía que solo los viejos iban a morar (esa frase proveniente de muchos jóvenes “inteligentes” es desde ya un ejemplo muy triste del pensamiento humano moderno), la única pregunta en el aire era ¿Cuándo nos vamos a reunir? ¿Cuándo es la siguiente fiesta? ¿Cuándo vamos a viajar? La mayoría de las personas no demostró ser mejor que un niño de dos años, a quien le han quitado el juguete y llora sin cesar hasta que se lo devuelvan.

 

 

Sin duda, ha habido miles y miles de casos de personas sinceras, que con mucho esfuerzo han sacrificado tiempo y dinero, personal médico, militar y en general miles que si han tomado las cosas en serio y han hecho los sacrificios necesarios. Ha todos ellos, mi más sincero gracias. Pero no hay que cegarnos, la gran mayoría ha desaprobado esta prueba de humanidad de manera notoria y nos demuestra lo insensible, egoísta y ruin que es el ser humano.

 

¿Sorpresa? En realidad, para mí, ninguna. Solo se ha caído la máscara de que hoy somos mejores que antes, quizás tengamos celulares pero mejores, no somos.

 

 

En Europa la principal preocupación era cuando se pueden reanudar las vacaciones, cuando se pueden enviar a los hijos al colegio que no soportan más con ellos en las casas. En Estados Unidos, que la pandemia no existe y solo es un problema chino. En Asia, solo decían, es un problema de Europa. En Sudamérica, especialmente en Perú se negoció con la salud del pueblo, mientras el pueblo hacía fiestas clandestinas.

 

 

Es muy triste ver, que si algo ha demostrado todo esta Pandemia, es que el ser humano no está preparado como raza unida y está muy lejos de serlo. No es ser pesimista, más bien realista y siempre he pensado que reconocer ese hecho es un primer paso a la verdadera libertad.

 

 


PODEDUMBRE TOTAL

 

 

¿Qué se puede hacer, cuando se ha tocado fondo?

 

 

Lo leído ayer y reconocido en los diarios peruanos, de que no solo la ministra de salud, sino el expresidente y muchos funcionarios fueron los primeros en vacunarse, no es una sorpresa, considerando el desarrollo cultural y social del Perú los últimos años. En una sociedad, donde la “viveza” es una forma de orgullo, donde la mentira es una forma de vida, la hipocresía es una forma de romance y el chisme y calumnia, es la única forma de defensa. ¿En verdad nos sorprende que los gobernantes actúen de manera diferente? Muchos ahora de los “indignados”, actuarían de la misma manera si estuvieran en esa posición.

 

 

No hablo de personas, ya que aún existen miles de peruanos dispuestos a trabajar, ser honrados y buscar un país mejor. Pero no hay que ser ingenuos, la gran mayoría no lo es. El egoísmo reinante es no solo preocupante, sino ya alarmante. En una sociedad tan podrida y corrompida (¿cómo puede ser, que después del desastre del gobierno de Fujimori y la corrupción desastrosa, se siga, por tercera vez consecutiva pensando elegir a su hija y a su movimiento?), ¿qué más se puede esperar?

 

 

Es lamentable y es vergonzoso lo que está pasando en el Perú. Si alguna vez hubo una gloria milenaria, estamos a muchos siglos de volver a lograrla, no hasta que haya un cambio real, no de gobierno sino de mentalidad. El Perú no solo necesita un nuevo presidente, necesito un cambio total, una “revolución” (uso esa palabra ya que es casi mítica) de mentalidad. Pero ¿Pueden manzanas podridas recuperar las manzanas aún buenas del barril? ¿Quién tiene la intención y el valor de hacerlo?

 

 


MASCARA ROJA

 

A veces me es un verdadero misterio el ser humano y su fascinación por la mentira. Creo, que entre muchas cosas que diferencia al ser humano de otros seres vivos (muchas positivas y muchas más negativas) es su capacidad casi molecular para la mentira, pero no solo para producirla, sino para crearla.

 

 

Existen culturas mucho más propensas que otras, sin lugar a duda, pero descontando esas diminutas diferencias todas las culturas tienen una fascinación por la mentira. ¿Es la realidad tan difícil de digerir?

 

 

Desde la novia que llama al novio mil veces al día, ya que no le cree que pueda estar simplemente tomando una cerveza, desde el empleado que miente sobre sus logros a sus amigos, alardeando de viaje que ha rechazado o de decisiones que no ha tomado, desde los medios de comunicación que todos los días nos dan un ensamblaje perfecto de mentiras o en el mejor de los casos, verdades a media, desde los políticos que nos prometen sueldos altos, ningún desempleo y el paraíso terrenal. Y sin embargo, seguimos creyendo, seguimos pensando, seguimos conspirando en torno a las mentiras.

 

 

Me acuerdo de un comentario que leí cuando era joven, no recuerdo ni donde ni como, pero quedo grabado en mi mente hasta el día de hoy: la mentira puede ser dulce, al principio pero muy amarga al final, la verdad puede ser muy amarga al principio pero dulce al final.

 

 

¿Podemos pensar un poco en ello?

 

 


el rey desnudo

 

Recuerdo una antigua historia, sobre un rey, que en el colmo de su arrogancia y de su insensatez, decidió vestirse de la manera mas exclusiva posible. Un astuto personaje, le vendió “humo” (permitanme usar esta expresión que en este caso esta mas que justificada), es decir un traje invisible que en realidad no era nada y que solo una persona con sabiduría poder ver. El tonto rey, deseoso de ser la única persona capaz de poder ver aquel traje invisible, salió orgulloso por las calles paseandose completamente desnudo. Pero, esa no es la gran lección. La lección viene ahora. Sus súbditos, incapaces de decirle la verdad, ya sea por temor a un posible castigo, por ser sencillamente lacayos sin personalidad o por burlarse de el mismo rey, callaron, se rieron por dentro y le siguieron la corriente. Solo un niño tuvo el valor de abrir la boca y decir la verdad.

 

 

Ahora por favor, alcen los ojos, mirén al cielo, vean por sus ventanas, por el balcón o por los jardines y miren a la calle, a la sociedad, a los vecinos, a los gobernantes, a las series de televisión, a los “amigos”, a las conversaciones después del trabajo, a las conversaciones sociales, a la histeria, el temor, a la vida sin planificación  y piensen en esta historia y pensemos. ¿No nos suena algo parecido en todo esto? ¿No hay algo de verdad?

 

La pregunta que habría que contestarnos es: ¿Somos el rey de la historia, ciegos de nuestra propia insensatez, vanidosos hasta el extremo que nos pueden contar cualquier cosa y la creemos, porque nos creemos mas listos que todos?  O ¿somos las personas, que aún sabiendo que algo esta mal, callamos, sea por temor o por comodiad y aceptamos lo que hay, riendonos dentro de nosotros pero sabiendo que en realidad nos estamos haciendo daño a nosotros mismos?

 

O tenemos quizas el valor de aquel joven y no solo decimos sino que aceptamos la verdad. Recordemos, solo fue uno.

 

Cada uno de nosotros debe responder esa pregunta.

 


"El rastro de la traición" ... un comentario sobre una gran novela

No suelo hacer muchos comentarios sobre libros o novelas, por la sencilla razon de que es dificil, siendo escritor hacer un comentario sobre un colega o una historia. Nadie mejor que un escritor para entender a otro escritor y saber la pasión y el compromiso que solemos tener con nuestras obras. Pero esta vez hare una excepción y por una sencilla razón: lo merece.

 

A mis manos llego “El rastro de la traición” de Jesus A. Losana. Esta novela es la segunda de una trilogia que empezó con “Compromiso adquirido”. Debo decir que abri la primera página con bastante interes y me quedo sencillamente “enganchado” como suele decirse y a falta de una palabra que describa mejor el sentimiento emanado de lo que es leer una pagina tras otra, la usaré.

 

No dire mucho de la historia, solo dire que empieza con el robo de un banco. Lo que de ahí sucede, como se realiza el robo del banco, como entra en acción Roman, el personaje de la historia y lo que ahí acontece hace de la introducción y las primeras paginas inolvidables. Una acción trepidante, una sucesión de narrativa en el sentido mas puro de la palabra y una tecnica que hacen de esta primera parte inolvidable. Pero ¿termina todo ahí? Por supuesto que no, dado que como en toda buena historia de crimenes y misterios, no todo es lo que parece. Una investigación excelente por parte del autor nos introduce el mundo diario de la Guardia Civil en Espana y nos lleva de la mano de su personaje y su grandioso equipo, a ir, paso a paso, pista tras pista, ir descubriendo lo que hay detras de aquel robo. Y les aseguro que los dejara con la boca abierta.

 

La tecnica es genial, una combinación de narrativa y dialogos en perfecto balance, un personaje principal muy bien trabajado son “la cereza” que adorna este delicioso pastel.

 

Pero sobre todo Jesus no olvida algo, que siempre he predicado y de lo que estoy convencido. Al final, lo que nosotros los escritores queremos llevar a ustedes es una historia, una historia tan buena que se convierta en parte de ustedes y que recuerden aun por mucho tiempo y que los lleve a decir a sus amigos en el bar o a sus familiares “Has leido este libro, tiene una historia increible...”. Y Jesus lo ha logrado. Es por eso que yo mismo me animo ahora a hacer una excepción y recomendar este libro y esta historia. Impaciente por leer pronto la tercera y ultima entrega de este apacionante trilogia.

 

 

 


La reunion

     ¿Cómo te sientes? — me preguntó. 

     Es curioso como una sola pregunta, la más sencilla de todas, aquella que formulamos sin pensar y más que todo por costumbre, representa todo aquello que buscamos y pocas veces encontramos: Interés sincero. ¿No les ha pasado algo similar?

     Casi sin pensarlo, sin tan siquiera imaginarlo acababa de terminar mi cuarto año de universidad sin la más mínima noción sobre lo que en verdad había aprendido y lo que es peor, sobre lo que en verdad quería hacer de mi vida. ¿No nos ha invadido ese sentimiento a todos nosotros de cuando en cuando? Estaba a solo un paso de terminar mi carrera universitaria, algo que se vendía por mucho más valor del que yo le daba. Estaba a solo unos meses de poder ser llamado un graduado y tener un título bajo mi brazo ¿No debería de estar contento? Se suponía que pronto empezaría  una nueva era para mí y para la familia. Pero había algo más que pasaba siempre y estaba a punto de ocurrir. Cuando me entregaron la última nota de mi examen supe lo que aquello significaba: continuando la costumbre familiar, se había organizado una reunión (a la que como ya comprenderán no tenía ganas de ir) para celebrar aquel logro. Mi madre se encargó de darme la tan agradable noticia. Quería ver a mis padres pero no al resto de los familiares y yo tenía mil razones para quererlo así. Pero esta vez sería diferente. Quería decirles lo que había decidido y sabía que aquello los afectaría de manera especial.  

     Era increíble cómo mi madre podía conseguir que el fino tono melancólico de su voz se transmitiera a través de la línea de teléfono y originara en mi un cosquilleo tenebroso haciéndome incapaz de pronunciar un no. ¿Cómo es posible que las madres tengan tremendo poder? Yo amaba a mi madre, pero la verdad era que ella no tenía ninguna idea de lo que pasaba por mi cabeza, ni de quien era yo en realidad. Jugué en dos o tres ocasiones con la idea de decirle lo que en realidad pensaba o peor aun, lo que en realidad quería hacer pero pude hacerlo. “Allí estaré” fue lo único que salió de mis labios. Existen pocos momentos decisivos en la vida de una persona, momentos en los que se decide el camino a seguir o el infierno a vivir. Por alguna razón tenía el presentimiento que este viaje y esta reunión tendrían un poco del cielo y el infierno, entre copas de vino y comida caliente. Me sentía como naufrago sobre un pedazo de madera a la deriva  pero ¿Qué era lo peor de todo? Que en realidad, no tenía de que quejarme. La peor de las desgracias de nuestro mundo, es que sin tener de que quejarnos, nosotros mismos terminamos siendo el problema. Al tener tanto de que elegir, no sabemos cómo hacerlo. Somos niños, queriendo ser adultos ¿No les parece? Yo no lo supe, ahora camino a esta reunión aquella idea cruzó por mi mente y eso que ni siquiera sabía lo que pasaría en aquella reunión.

     Desde que había terminado el colegio (en si durante todo mi infancia) y durante mis estudios universitarios había gozado de buena salud, nunca me había faltado nada que comer, los negocios de mi padre iban en su peor momento y eso si me preocupaba, pero nunca me había faltado ni ropa, ni había dejado de darme mis gustos. Tanto en el colegio como en la universidad los estudios iban bien y hasta unas cuantas novias y otras tantas chicas habían pasado por mi vida ¿Qué era entonces? ¿Qué nos sucedes cuando pensamos tener todo y no somos capaces de sentirlo? ¿Qué más se puede hacer cuando el vacío se apodera de nuestra existencia? Yo solo pensé que, después de todo, solo se puede llenar aquel vació con algo más y aquello se llamaba vocación.  Aquella noche antes de viajar, me tire sobre mi cama, abrí una botella de Vodka que tomé de manera pausada y deje que el tiempo volara hasta que fuera el reloj quien me indicara que era hora de partir.

     ¿En verdad quieres saber cómo me siento? — respondí.  

     Cuando estacioné el auto, mire el reloj. Eran las seis de la tarde y se suponía que la reunión no empezaría sino hasta las siete de la noche. Había llegado demasiado temprano. O Quizás no. Decidí utilizar el tiempo, salí del auto, cerré la puerta y camine hasta mi casa. Toque el timbre a pesar de tener la llave y de inmediato (¿Estaría esperándome justo detrás de la puerta?) mi hermana abrió la puerta y saltando al verme, me recibió con el más grande y sincero de los abrazos. Siempre nos habíamos llevado muy bien, a pesar de tener puntos de vista radicalmente diferentes en casi todos los temas. Le devolví el abrazo un abrazo, cerrando los ojos sintiéndome otra vez el hermano menor. Mi hermana era mayor que yo y había desarrollado casi una instinto casi maternal para conmigo. Me quería de verdad y era una de las pocas personas a las que yo respeta y quería. Pero éramos muy diferentes y tenía ciertas dudas de que ella me entendiera después de todo. Crucé la puerta, recorrí el pasillo que atravesaba el jardín hasta la puerta principal. Contrario a otros años note el jardín descuidado. Antes, sobre todo en verano, mi madre se encargaba de que el jardín luciera espectacular formando una alfombra verde, custodiado por un ejército de flores de todos los colores. El jardín que veía ahora ya no era el mismo de antes. Cruzando la puerta principal, el corredor  se dividía en dos secciones: la parte más ancha conducía a la sala principal y la parte más angosta a una sala más pequeña que hacía de oficina. Al costado de la sala principal se encontraba el comedor (reservado para visitantes agradables o cenas especiales). Al fondo de la casa, un patio grande y un jardín.

     Fue muy extraño regresar después de varios meses. ¿No les ha pasado algo similar? ¿Cómo me sentía? Eso era lo que yo quería saber. Sabía que pronto vería a amigos, familiares. Pero yo solo quería algo de silencio, ver a mis padres y repasar una vez más la decisión que había tomado. ¿Cómo se responde a una pregunta cuando es sincera y uno quiere contestar con el corazón? El volver a ver aquella sala, que había visto mis carreras de niño y travesuras de joven, resulto en un sentimiento extraño, dulce y amargo, melancólico y feliz. Me podía recordar corriendo a través de los muebles, pero de aquel niño feliz ya poco quedaba. Pase la mano sobre los muebles, casi acariciándolos. Mire con atención casi infantil cada uno de los ángulos escondidos y el suave reflejo de la luz sobre la mesa de vidrio central. Y siendo joven descubrí lo que es la nostalgia, cuando los sueños se duermen en el pasado y uno tiene que afrontar la realidad.  

     ¿Cómo te ha ido? — preguntó mi hermana  —tiempo que no sé nada de ti.  

     Tuve que decirle que bien. ¿Qué otra cosa podemos decir cuando no queremos hacer daño a los seres querido? ¿En qué momento se ha volvió la hipocresía nuestra única arma de protección?  Después de escucharme, mi hermana empezó con uno de sus famosos monólogos contándome sobre lo que había pasado, sobre sus enfermedad y sobre cómo se había peleado con una amiga o que había pasado con su esposo. Tuve que esforzarme por no perder la concentración ante tal torrente de palabras. Después de unos minutos, tuve que interrumpir a mi hermana y le pregunte por mi madre. Tenía esa costumbre de ser muy directo en mis comentarios, hecho que me había traído muchos problemas, ya que la gente de hoy están tan acostumbrada a las falsas caras, que no tolera cuando alguien habla sin filtros y sin adornos, aunque diga la verdad. Pero si algo había aprendido, era que la verdad no es más que un ilusión, moldeándose como el oro bajo el fuego de las manos de algún orfebre audaz. “En la cocina” me respondió con cierta amargura.

     Al entrar a la cocina, mi madre sintiendo mi presencia y sin siquiera voltear la cara para mirarme, se dio media vuelta, dejo el cuchillo con el que estaba cortando carne sobre la mesa, se limpió las manos sobre un secador y casi corrió a mi encuentro.  Me dio el abrazo más sincero que un ser humano pudiera recibir y lo acompaño  con un fuerte beso. Fue una sensación extraña, el sentirme por el lapso de dos segundos libre y sin preocupaciones, como cuando era niño. Pero ya no lo estaba.  Por aquellos dos segundos, volví a ser el niño que creo jamás deberíamos dejar de ser ¿no lo creen? El olor de la comida (mi comida favorita) inflaba mis pulmones de alegría. La presión interna de mi corazón y de mis músculos era demasiado grande como para poder resistirse. Me acerqué, levanté una por una las tapas de las ollas, aprecié el graneado del arroz, disfruté del sabor a almendras y ajo, el color amarillo de la salsa y el aroma del vino. Tome una cuchara, probé de cada olla, soplando para no quemarme. Mire a mi madre, sonreía (como siempre lo había hecho) pero yo entendía que sus ojos decían otra cosa.

     ¿Cómo te sientes? —preguntó y fue la primer vez que escucharía esa frase de manera sincera aquella noche.

     Cuando tenía doce años solía llegar del colegio, tirar mi mochila por donde cayera (casi como lo había hecho hoy) y comer lo primero que cayera en mis manos, abriendo cada una de las ollas y probando de ellas. Mis amigos del colegio siempre decían que yo era afortunado ya que en mi casa siempre se comía bien. Y tenían razón y hoy no iba a ser la excepción. Por aquel entonces, con Rodrigo, Antonio y Carlos, mis amigos del colegio, solíamos reunirnos por las tardes a la salida del colegio para conversar (hoy no sabría decir de que) horas y horas sobre lo que íbamos a hacer el fin de semana, sobre las ultimas noticias del colegio, las últimas películas y por supuesto sobre las chicas. Solo cuando la noche estaba muy avanzada, ya sea por voluntad propia o por el llamado de sus padres, se iban. Solían irse cuando el reloj daba las ocho de la noche (increíble como el tiempo cambia con los años), hora en la que mi papá venía del trabajo contento, dispuesto a compartir con nosotros lo que  le quedaba del día. Solo entonces me ponía a hacer las tareas. A pesar de mis buenas notas, odiaba estudiar. O mejor dicho, odiaba perder el tiempo en temas que no me interesaban. Creo que a todos nos pasa ¿no es así? ¿Cómo te sientes? La pregunta seguía retumbando en mis tímpanos. Eso era lo que quería decir desde el momento que había cruzado la puerta pero aún no podía ¿Cómo me hubiera sentido ahora si en aquel día hubiera elegido con el corazón y no con la cabeza? Fue un gran asombro para todos (familiares y amigos), cuando anuncie en una de nuestras reuniones que había decidido estudiar una carrera técnica.  Creo que nadie entendió lo que aquel sacrificio significo para mí. O quizás solo una par de personas. Recuerdo aquella noche, cuando después de mil risas dibujadas en mi rostro, los desdibuje mientras me retiraba a mi cuarto. Mi madre entró pocos segundos después. “¿Te sientes bien?” preguntó para luego agregar “¿Te sientes en verdad bien?” Fue una de las pocas veces que le mentí. Y ella me respondió con un beso, un “gracias” y un “lo siento”.

     Yo estaba de pie, mirando la escalera que me llevaría a cuarto. Existen momentos en los que las decisiones, las verdaderas decisiones deben decirse donde uno menos lo espera. Quizás después de todo, la vida había querido que aquella  reunión se efectuará por algún motivo pero no es también cierto que después ¿No nos queremos imaginar que nuestra vida tiene un propósito superior y de que nuestras decisiones son algo cósmico que hay que interpretar? ¿O no somos solo seres humanos que cometemos errores y los volveremos a cometer si no aprendemos de ellos?. Mientras subía las escaleras me acorde de aquel día de agosto de mi último año de colegio cuando después de haber estado en la casa de Carlos ayudándolo a acomodar  los últimos posters de autos sobre las paredes de su cuarto y después de haber jugado playstation hasta las diez de la noche, llegué a mí casa encontrando la sala y el comedor oscuro, pero con alguien en su interior, escondido entre las sombras. En la sala había una sombra, sentada en la oscuridad, mirando al patio. Era mi padre. Escondía  su rostro y lloraba para sus adentros,. Mi padre no podía dejar escapar ni una lágrima de sus ojos. Costumbre que mal he heredado. Me acerqué, me senté a su lado y por unos minutos no dije nada. Luego le pregunte sobre lo que le  pasaba. Su explicación fue sencilla, dura, directa y triste: No había trabajo y pronto no habría dinero. Los tiempos no estaban para sueños. Y comprendí en su mirada la misma expresión de mi madre “Lo siento”.

     Mi padre y mi madre eran luchadores natos, habiendo luchado solos o juntos durante toda su vida. Una vida que no había sido fácil. Habían levantado de la nada un próspero negocio y hasta hace unos años se vislumbraban tiempos mejores. Yo habíaa crecido en la ilusión del poder económico y la alegría de trabajador feliz. Sin embargo, no vieron el cambio y no descubrieron que su época había pasado. Y el nuevo orden de cosas no tenía más lugar para gente honrada.  Me acerqué y le di lo único que pude darle en ese momento, un abrazo. “Saldremos adelante” dije aún sin creer mi propia promesa. Mi padre me explico la situación tal y como era. Hablo conmigo por primera vez de manera cruda y clara, como a un hombre y no más como a un niño. El futuro, aquel futuro tan anhelado por él, era solo una ya una rota ilusión. Se podría luchar sin duda, se aguantaría hasta mas no poder, pero el fin estaba ya sentenciado y mi padre lo sabía. Ahora se lo mucho que le costó darme aquel consejo “Debes pensar de manera práctica y realista” fue lo que dijo “En este mundo no hay sitio para los sueños” pero cuando yo creí que esa sería su última palabra recuerdo muy lo que dijo después “por lo menos no para mí, el nuevo mundo ya no lo entiendo, eso depende de ti”. Mi padre estaba dispuesto a dejar el futuro de la familia en mis manos, aunque aún no estuviera preparado. Entonces fue una responsabilidad muy grande para mí, así que hice lo único que pude hacer. Irme.

     Aquella noche quedo grabada por varios meses en mi mente acompañándome como una sombra inquieta durante mis despedidas, durante mis bienvenidas, durante las reuniones de cada año o los encuentros familiares. Me acompaño durante mis noches de soledad en un lugar extraño, repitiendo el eco por las paredes y en mi cabeza de no detenerme, a pesar de mis dudas y los golpes que estaba recibiendo. ¿Me estaba traicionando a mí mismo? Había perdido la alegría de vivir y mi rostro dejo de sonreír, dejando que mi cabeza solo se ocupara sobre lo que debía de hacer y no lo que quería hacer. Hasta las noches de placer me fueron resultado tediosas y monótonas, teniendo mi mente más puesta en el futuro que en el presente. Y la realidad era que no me estaba gustando.

     Poco tiempo después de aquella conversación con mi padre, nos visitó a casa un antiguo amigo de la familia, Fernando. Fernando acababa de llegar a la ciudad después de largos años de lo que el mismo había llamado su exilio voluntario. Siempre era agradable tenerlo en casa y disfrutar de sus últimas historias así como reírse de su defensa a todo pulmón cuando se le tocaba el tema de su proverbial soltería. Fernando había desarrollado una maestría digna de una cátedra universitaria para esquivar el tema o por lo menos dejarlo cerrado con respuestas vagas, vacías y exageradamente graciosas. Fernando había alcanzado lo que muchos deseaban: Después de unos estudios ejemplares y una maestría, había desarrollado una carrera impecable en varias multinacionales siendo ahora gerente de una empresa automotriz.  Era sin duda el ejemplo a seguir. Aquella tarde, como era su costumbre, hizo una prefiguración por cada uno de los parientes y a mi casa no podía faltar. Mi madre me lo quiso poner como ejemplo pero no escuchó lo que él me dijo a mí a solas en el jardín.  

     Odio todo esto —dijo —lo odio.

     Fernando debió de comprender mi sorpresa, dado que sin esperar que yo siquiera le preguntase algo más, continuó “Ya estoy harto de que me pongan como ejemplo, nunca lo quise, yo ni siquiera quise estudiar lo que estudie, ni quise esa puta maestría y mucho menos hacer lo que estoy haciendo. No me quejo, mis padres tuvieron razón en todo y ahora vivo bien”. Cerciorándome de que nadie estuviera cerca, le pregunté la razón entonces que lo motivo a no hacerlo “Por temor muchacho, por temor al fracaso” Fernando se puso de pie y mirándome a los ojos dijo “Ni se te ocurra hacer lo mismo, ¿me oíste?”. Jamás olvides sus palabras.

     Cuando crucé la puerta de mi la que había sido mi habitación, la encontré tal y como la había dejado. Casi me sentí como si estuviera en una película falsa y no en la realidad. Aquella habitación me estaba mostrando algo que ya no existía Aún encontré mis posters de mi equipo de fútbol colgados en la pared y dos afiches de películas que, pensándolo bien ahora, jamás volvería a ver. Mis diplomas de colegio estaban cuidadosamente adornados con marcos dorados sobre el estante de ropa, habiendo dejado mi madre espacio para los próximos que vendrían. Tire las llaves sobre la cama, abrí la ventana para dejar entra un poco de aire y me tiré sobre mi cama. Cerré los ojos. Al abrirlos, vi sobre mi mesa de noche aquella foto que pensé estaba perdida. ¿Cuándo nos damos cuenta que aquello que perseguimos no siempre es lo mejor para nosotros? ¿Cuánto más debemos de sufrir para que se abran nuestros ojos?  Si existe algún momento donde aquello pueda ser palpado, lo estaba viviendo yo en mi habitación, mirando aquella foto. Pero no me iba a dejar vencer por un recuerdo, me puse de pie, cerré la puerta de mi habitación y baje a la planta baja. Entonces escuché el timbre.

     De los amigos del colegio seguía manteniendo contacto solo con dos: Carlos y Roberto. Dudaba que otros me recordaran y siempre fui medio ingrato a la hora de mantener amistades. Sabía de qué debía mejorar mis habilidades sociales, ya que en el mundo de hoy, cada vez importaba menos lo que uno sabe y más a quien uno conoce, pero siempre me fue una valla muy alta de saltar el ser un hipócrita. Carlos y Roberto debían de llegar dentro de poco, si es que no estaban ya presentes. Quizás habían sido ellos. En verdad eso poco me importaba. Había  venido con la firme intención de decirles a mis padres que deseaba olvidar esta farsa y seguir el camino que siempre había querido seguir. El timbre sonó tres veces más “¡Que alguien abra!” gritó mi hermana. “Yo voy” dije.  

     Había oscurecido y al bajar recién me percaté de que la sala estaba repleta de murmullos a media luz. El último timbre me había hecho pensar que era el primero, pero había sido el último. Al verme bajar, los ojos de los visitantes se dirigieron a mí y un ensordecedor “Sorpresa” me despertó del estado somnoliento en el que me encontraba. Con una sonrisa en los labios, mitad sincera mitad exagerada, me fui acercando  a cada uno de ellos. Fui saludándolos y agradeciéndoles que estuvieran aquí. Roberto ya había llegado, se había dejado el pelo largo y ahora usaba lentes. Roberto aún conservaba el aspecto juvenil del colegio, pero la cara algo demacrada, me dijo que ya había vivido unas juergas de más. Carlos también estaba. Me sorprendió verlo tan gordo. Yo sabía que por fin había conseguido la tan ansiada enamorada y ahora provisto de una confianza extrema,  se había descuidado dando por sentado que ella sería su futura esposa y lo amaría por toda la eternidad. Corriendo de un lado a otro estaba mi hermana, que inquita y juguetona con la cámara en la mano, buscaba el ángulo perfecto para la foto. Mis padres estaban en una esquina un tanto oscura, observando el espectáculo como buenos directores y sonriendo felices de verme ahí. Estaban también dos tíos. Fue una sorpresa verlos después de tanto tiempo. Yo nunca fui apegado a los parientes, pero tenía un buen recuerdo de ellos. También estaban Salvador y Daniel dos antiguos amigos del barrio con los que sin embargo desde hacía mucho tiempo no tenía contacto. ¿No les ha pasado que a veces seguimos considerando amigos a quienes los fueron aunque ya nada nos une a ellos? ¿No les ha pasado que mucha gente confunde de que lo ocurrido en el pasado debe tener sentido en el presente? Había música de fondo y ya algunos tenían vasos de Whisky o copas de vino en la mano. Carlos fue el primer en acercarse y presentarme a su enamorada. Roberto, al ver lo que Carlos hacía, sin querer sentirse plato de segundo uso se acercó y me presento también a sui enamorada aunque a ella ya la conocía y en el rincón izquierdo, cerca de donde estaban mis padres, escondida por las sombras estaba ella.

     Las preguntas, saludos e interrogatorios no se hicieron esperar así que después de hablar y responder interrogatorios y cuestionarios, sobre los pormenores de mi nueva vida, sobre las últimas modas o sobre cómo se vive en el exterior decidimos comer (algo que mi madre había preparado) y tomar, antes de empezar con el baile. Una reunión sin algo de baile no era reunión.  Pero las tradiciones se tienen que seguir y esta vez no podía ser la excepción. Antes de empezar con cualquier actividad, no podía faltar el familiar que se pusiera de pie, que alzara su vaso al aire y que brindara por el bienestar de la familia y el mío personalmente. Un sonoro “¡Salud!” recorrió la habitación y solo escuche el sonido de las copas golpeándose entre sí y líquidos atravesando las gargantas. Tuve que reírme ante tanto alarde de hipocresía. Sabía muy bien lo que aquel hombre que se desvivía en elogios hablaba de nosotros cuando no estaba en nuestra casa ¿Por qué mi madre tuvo que invitarlo? Aquel hombre que ahora le faltaban elogios para mí y mi familia, jamás estuvo con nosotros cuando más lo necesitamos y jamás nos ayudó en lo más mínimo a pesar del esfuerzo de mis padres por ayudarlo en el pasado. Me puse de pie, incapaz de aguantar tanta falsedad.  ¿Qué estaba haciendo yo ahí? Cogí mi vaso con fuerza y puse como excusa que quería beber algo de agua. Lo que en realidad quería era desaparecer unos minutos en la cocina. Y en la cocina estaba ella, Cristina.

     Hola, recién al final te puedo saludar como se debe —dijo Cristina con la misma voz risueña y a la misma vez melancólica que tenía dándome un abrazo y un beso.

     Hola —respondí yo un tanto frío— si, demasiada gente. Disculpa creo que mi saludo fue un poco seco antes.  ¿Quién te aviso?

     Carlos, quien más.

     Por un segundo no supe que más decir. Pero supe en mi interior de que ella lo entendía. Y fue así como casi sin pensarlo, casi sin soñarlo volvía a ver a Cristina después de tanto tiempo. ¿No les ha pasado, que la vida nos pone en situaciones en las que no sabemos si son señales o simple coincidencias? No se si me queda callado segundos o minutos. Pero no me sentí incómodo. Ella siempre entendió mis cambios de ánimos y mis silencios. Momentos en los que ella se quedaba mirándome y sonreía. Ahora lo estaba haciendo.

     Cristina había cambiado bastante desde la última vez que la vi, pero a primera vista seguía siendo la dulce chica que alguna vez conquisto mi ilusión, aunque en ese momento jamás pudo hacerlo con mi corazón. ¿Por qué? Cuando terminamos el colegio (en aquella época ella vivía a dos cuadras de mi casa) solíamos encontrarnos en la bodega del barrio o a veces caminado por la calle. A veces solo era un saludo y otras tantas nos quedábamos hablando por horas, hasta que el sol se ocultaba, sobre el futuro, sobre la vida, sobre las dudas y los sueños que nos estaban llevando a irnos lejos de la vida que queríamos y no podíamos tener. Yo me reía al ver con que ingenuidad hablaba de sus estudios y de sus planes.  Pero la vida siempre suele ser más cruel, de lo que pensamos. Cristina había tenido que dejar sus estudios hacía dos años y desde entonces trabajaba como secretaria en una compañía que pronto tendría que quebrar. Sabía por mis amigos que tenía muchos problemas y que ahora estaba en una relación. Pero hoy ella estaba aquí. ¿Por qué? La realidad que al verlo, algo de temor me invadió. Creó que la tercera personas que conocía mi verdadera vocación y lo que en verdad quería hacer era ella y, recién ahora lo entendía, la única personas que estuvo dispuesta a arriesgar hasta su mismo futuro por mí. Vinieron a mi mente los emails, los mensajes, las palabras que circulaban por las líneas de teléfono de aquellas sesiones de terapia conjunta. ¿No les ha pasado que a veces el poder hablar con alguien que en realidad nos entienda puede ser una los placeres más bellos que hay?  Ella me animo a seguir contra el viento y navegar contra la marea. Una vez le dije medio en broma medio en serio “¿Solo?” “Depende de ti” me respondió. Pero la vida suele ser cruel con nuestros sueños.

     En aquella época, no lejos de nuestras casas, había un centro comercial donde se podía comer un rico helado que siempre era bien recibido en las calurosas tardes de enero. Fue en esa misma heladería donde yo, casi sin pensarlo, casi sin soñarlo le dije que me gustaba y que sentía algo por ella. Fue un arrebato de ingenuidad ya que sabía que no era cierto. No era que no sintiera nada por ella (por lo menos no lo supe entonces), solo que sabía que no era amor ¿Cómo podía saberlo si jamás lo había vivido? Pero cuando se es joven, las hormonas y no la cabeza tienden a gobernar el cuerpo y aquel beso que ella me dio, jamás lo pude olvidar. Durante cuatro meses fuimos inseparables y felices. Ella me dio su alegría y yo le di mi razón. Hablamos mucho, reíamos y aunque en la cama no pudimos entendernos del todo, fuimos unos aprendices dedicados. Cuatro meses después, en esa misma heladería le diría que me iba. No dijo nada, me miró, se dio media vuelta y dijo “Es lo lógico, te deseo de todo corazón que te vaya bien, quizás…quizás” y se fue. Desde entonces nada volvió a ser igual entre nosotros. Ella estaba ahora con un nuevo enamorado y yo seguía en mi fiel carrera de solterón. Hablábamos solo de cuando en cuando y durante los últimos diez meses no supe nada de ella. Su rostro ya no era de la niña dulce y su sonrisa había dejado de ser inocente. Pero estaba ahí y ni ella ni yo pudimos impedir pensar en el pasado.  

     Carlos y Roberto entraron en la cocina de improviso, me agarraron fuerte del brazo, se disculparon ante Cristina y me llevaron al escritorio. Cerraron la puerta tras de ellos, prendieron la luz y se pararon frente a mí. El escritorio donde antes hacíamos nuestras tareas de colegio y planeábamos las salidas de fin de semana estaba tal y como lo recordaba con los estantes aun repletos de los libros que leía en el colegio. Roberto y Carlos querían informes sobre mi vida, sobre mis experiencias pero sobretodo saber a cuantas chicas había conquistado. Tuve que contarles muchas cosas y más que todo para satisfacer su curiosidad, tuve que exagerar o inventar muchas otras. No quería mostrarme como un tipo normal que era lo que al final de todo era ¿Era tan malo el serlo? Mientras me desvariaba en mis propias mentiras me di cuenta de lo tonto de mi pensamiento, por un momento volví a caer en el mismo patrón de todos, queriendo ser alguien que no soy y fingiendo algo que no es. Yo no quería ser así. “Muchachos” dijo “la vida es más aburrida de lo que parece” y creo que durante los siguientes minutos les conté la verdad, las noches de estudios, los días de soledad, las chicas que me habían dicho que no y los momentos en los que yo tampoco sabía que hacer. No les intereso en lo más mínimo “Nos estas mintiendo” fue lo que dijeron. “¿Prefieren creer una mentira?”. Les pedí entonces que me contaran como era su vida. Ellos me contaron de sus innumerables fiestas, de lo bien que les iba en la Universidad, de lo bien que les iba con sus chicas y de las muchas tantas que cada fin de semana dejaban satisfechas en alguna cama de algún hotel. “¿Y que saben de Enrique?”. Me contaron que Enrique había caído en las drogas y no cambiaron el tema, como si el que había sido un amigo nuestro ahora ya no merecía ser mencionado. “¿Cómo te sientes?” aquella pregunta parecía tan lejana y parecía que a nadie, salvo a mis padres y mi hermana pareciera importarles. Luego Carlos, después de responder unos mensajes en su celular me advirtió de que ni se me ocurra volver con Cristina.  “¿Por qué la invitaron entonces?” pregunté.   

     ¿Qué yo la invite? —respondió Carlos—Ella me llamo para preguntarme detalles de hoy. Ella ya sabía, tu hermana fue la que hablo.  

     Salí inmediatamente del escritorio dejando a Carlos con las palabras sin terminar para buscar a mi hermana. Mi hermana estaba en la cocina ayudando a mi madre con unos bocaditos, le pedí que saliera un momento y que viniera conmigo. Al estar los dos en el patio, le pedí una explicación. Mi hermana, con la más fría de las actitudes, me contó que le semana pasada  había encontrado a Cristina  en la calle, le había contado que se había organizado una reunión para  mí y la había invitado. Me sentí como aquel capitán que ve que todo el mundo esta dirigiendo su barco, menos el mismo.

     ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien?—preguntó mi madre saliendo de la cocina al verme un tanto ofuscado.  

     Estoy cansado —le dije.

     Y tú no olvides que yo te he parido. Tú no estás cansado. Dilo de una vez. ¿Qué tienes?

     Quise evadir el tema pero ella no me lo permitió.

     El problema es que no sé cuál es el problema —respondí.

     No estas contento con lo que estás haciendo —respondió ella sin perder por ningún momento su postura de señora y madre —tu estas infeliz y eso se te ve en la cara. ¿No te gusta la carrera? ¿Tu vida?  O es el hecho de que nada está saliendo como lo habías soñado —dijo ella.

     Era todo y nada a la vez. Ella estaba preguntándome y respondiendo las palabras que no me estaba atreviendo a decir. Mi madre me miraba con ternura, sabiendo muy bien que ni ella ni nadie podían dar ninguna respuesta. Solo yo.  Cuando era niño solía recostarme sobre su pecho y contarle las más grandes tonterías que alguien pudiera decir,  sabiendo que ella me entendería y hasta que tendría la respuesta adecuada para mí. En  aquellas maratónicas conversaciones no bostezaba ni se aburría, solo me oía. Aquellas terapias de antaño ya no eran suficientes. Me acarició la cara “Así es en la vida” dijo “Sea lo que sea que decidas, estaré orgullosa de ti”

     Con la esperanza más no la promesa de hablar de esto más tarde, me dio un beso en la mejilla y se fue a atender a los invitados pidiéndole a mi hermana que la acompañara. ¿No les ha pasado que todo esta tan claro antes nosotros, que no vemos la salida? ¿O será que la vemos pero no tenemos el valor de seguir la flecha? Quienquiera que no haya pasada por una situación similar que por favor levante la mano el momento de leer estas líneas. Después de todo, todos tenemos que crecer.  Cuando me di la vuelta, me di cuenta que a solo unos pasos de distancia, muy a su costumbre casi oculto entre las sombras estaba mi padre y con un gesto de su mano me indico que me acercara “¿Y los invitados?” le dije “Déjalos que se vayan a buena parte si quieren, tu ven ahora conmigo” respondió.

    Durante mi vida había tenido muchas conversaciones con mi padre.  Algunas vanas, otras alegres y unas cuantas serias. Sus consejos siempre habían sido del corazón. Y a pesar de tener un pasado del cual no se enorgullecía, pasado que me contó en muchas ocasiones con la esperanza de que yo no cometiera los mismos errores, tenía una fe casi religiosa en el futuro y sobretodo en mí. Pero mi padre no era un soñador y de manera clara me dijo lo mucho que me necesitaban, en todos los sentidos. No tuve el valor para decirle que había decidido no seguir estudiando ni decirle lo que en realidad quería de mi vida. Pero no fue necesario.

     Quien tiene que trabajar porque no tiene más remedio, ósea, trabajar en lo que sea, bueno que se le va a hacer la vida es cruel, pero cuando se puede decidir, cuando se tiene el talento y los medios para usarlos y no hacerlo, eso es la mayor estupidez y da cólera ver a tanto talento desperdiciado, justo ahora cuando más oportunidades hay.

     Aquellas palabras vinieron de él, quizás recordándose a sí mismo. Quizás recordándose los sufrimientos que tuvo que pasar, quizás pensando que el futuro no está escrito pero sobretodo quizás pensando que había puesto sobre mí una carga que no podía aun cargar. El tiempo pasaba sin que yo pudiera detenerlo. Y aunque no dijo nada más, supe que el confiaba en mí. La reunión poco importaba ya, pero después de todo el volver había sido la mejor decisión que había tomado. Deje la botella de cerveza que tenía aún en la mano sobre la mesa mientras escuchaba la voz de mi padre. Al darme un abrazo, pude ver sin embargo que detrás de las cortinas una sombra nos espiaba.  Los bellos ojos pardos que se reflejaban en la oscuridad no podían ser de nadie más. Y ella sabía que yo ya había notado su presencia.

     ¿Qué es lo que quieres? —pregunto mi padre.

     Su pregunta me tomo por sorpresa. Si había esperado el momento para decir lo que sentía, había llegado. Me recosté sobre la pared, con las manos cruzadas frente a mi pecho, sacando fuerza de aquel punto místico que debía de estar en  algún lugar de la sala y le dije a mi padre lo que planeaba hacer. Mi padre quizás no lo entiendo y aunque no pudo evitar dar unos giros desorbitados con los ojos y una mueca rara con la boca, se guardó de no decir nada hasta que yo no hubiera dicho la última de mis palabras, respiro una gran bocanada de aire y me dio un gran abrazo. “Tú eres mi hijo, pase lo que pase pero también eres ya un ser adulto”  Supe en ese momento que él no me iba a decir que es lo que tenía que hacer. Quizás era lo que yo estaba buscando, teniendo mi mente más puesta en el pasado que en el presente. Pero aquella época había pasado. Pero supe entonces, que pasara lo que pasara, aquella seguiría siendo mi casa y aquella mi familia. ¿Cómo me sentía? Perdido y la misma vez, reconfortando. Poco me importaba la reunión y sin embargo, si la vida tiene ironías, aquella noche se había convertido en una de ellas haciendo que la reunión que más odiabas se había convertido en el medio para encontrar lo que buscaba ¿Cómo se hubieran sentido ustedes? Pero aún faltaba algo.

     Cuando caminamos de regreso a la cocina, vi que mi madre sentada junto a la mesa, simulando escuchar las historias que mi tío contaba en cada fiesta una y otra vez, dejo hacer lo que estaba haciendo cuando vio que mi padre y yo cruzamos la puerta. Miro a mi padre por unos segundos y asintió con la cabeza. En ese momento pensé que sería lindo conocer a una chica con la que bastara una sola mirada para entender lo que había pasado. Y sentí que un peso grande había caído de mis hombros al suelo, para no levantarse jamás.

     La reunión seguía su curso, con o sin mí. Las copas seguían sonando, los dientes llenos de comida seguían masticando y las risas seguían aumentando. Nadie se había percatado de mi ausencia. ¿Qué hacía esta gente aquí? A estas horas de la noche, ya habían llegado más personas: estaba mi tía Sonia, la hermana de mi padre, que si bien me había acompañado bastante tiempo desde pequeño las continuas riñas con mi madre la habían obligado (nadie se lo pidió) a alejarse de la familia. Ahora vivía sola y amargada, consumida por una envidia que jamás entenderé. Era un ejemplo perfecto de alguien que lo había recibido todo y poco o nada había hecho con aquel regalo, inflándose de una especie de rencor inexistente. Había llegado también un antiguo primo de mi padre, un hombre que solo se aparecía cuando quería algo. También dos primos, que siempre me saludaban con un cariño exagerado cada vez que me veían, aunque yo sabía muy bien lo que hablaban de mí a mis espaldas. Yo tenía que salir de ahí y así lo hice.  

     Saliendo de la sala por la puerta principal había un pequeño jardín. Una suave luz amarilla le daba una aspecto de paraíso nocturno y el cielo, no negro sino casi amarillo por el reflejo de los focos,  irradiaba algo de magia a estas horas de la noche. El calor se había esfumado y la suave brisa marina se dejaba sentir sobre la piel. Carlos y Roberto se acercaron a mí para preguntarme sobre a donde iríamos una vez la reunión se hubiera acabado “¿No me digas que no va a haber fiesta hoy?” Carlos me aseguro que había un buen lugar donde las chicas se derretían si alguien les decía dos palabras en un idioma extranjero. Roberto me aseguro que lo mejor era ir a un nuevo Pub donde se podía pasársela bien. Eso solo significaba viniendo de sus labios, mucho licor a poco precio.  No sé qué cara puse (a veces no podía ocultar la expresión de mi rostro), porque se alejaron de mí, con decepción y algo de temor. No tenía ningún interés en pasar con ellos el resto de la noche “¿Qué te pasa compadre? Tu no eras así” Fue lo último que escuche antes que se alejaran.  

     Me fui  a la cocina donde se estaba sirviendo los tragos y uno que otro bocadito. Mi hermana impaciente se movía de un lado a otro al ritmo del sonido de la música. Me acerque a ella “Me gustaría contarte algo” le dije “Lo se pero no ahora, mañana tendremos mucho que hablar y planear” y me dio un gran abrazo. En eso, abriendo la puerta de par en par volvieron a entrar algunos primos y tíos dispuestos a ver si había algo de comer. Yo no podía seguir soportando eso y tuve la necesidad de salir. Saliendo de la cocina, crucé el garaje y salí.  

     A esta hora (creo que eran las nueve de la noche) la calle frente a nuestra casa estaba siempre transitada. A pesar de ser angosta, era de doble dirección lo que dificultaba el paso peatonal y aumenta el ruido. Jamás sin embargo me había molestado el ruido. Adoraba sentarme en la acera de afrente, junto a un árbol y mirar el cielo mientras que contaba los carros rojos que pasaban frente a mí. Era un juego tonto de niño, que hasta ahora seguía haciendo. Saludaba al guardián  que cuidaba la casa, sentado en su silla, leyendo las últimas noticias deportivas debajo del poste de luz. El respondía casi siempre con un “Hola” obligado. Jamás sonreía, salvo cuando recibía su paga. Crucé la calle, me senté sobre el césped debajo de aquel árbol. Desde aquel sitio pude ver la puerta de mi casa, las luces y escuchar la bulla de la reunión donde todos estaban discutiendo mi futuro. Podía ver las rejas de mi cuarto. También pude ver las rejas del cuarto de mis padres, tapadas por una enredadera verde que servía de cortina de protección. Y recordando mi antiguo juego, sonriendo de mi propia estupidez me puse a contar los autos rojos que pasaban delante de mí.  

     Van diez — dijo Cristina.

     Voltee la mirada sorprendido al escuchar su voz y la vi escondida entre las sombras del árbol. Se acercó y se sentó a mi lado, como lo hacía cuando éramos solo unos niños. Fue ese mismo sitio que nos vio crecer y fue ese mismo sitio donde nos miramos, no como amigos la primera vez. Debajo de ese árbol que servía de fiel confidente me contó sus temores, anhelos y yo en reciprocidad le abrí las puertas de algunos de mis secretos. Fue debajo de ese árbol cuando me confeso que me quería. Fue debajo de ese árbol cuando le hice la promesa que lo nuestro no funcionaría y que lo mejor era para todos seguir cada quien con nuestro camino. Fue debajo de ese árbol, que ahora me servía de escudo de la reunión donde me despedí de ella.

     Sabes — dijo Cristina. — la reunión es una porquería, aquí creo que se está mejor

     Nunca la pedí —respondí. Cristina tenía los cabellos tapándoles los ojos, como a mí me gustaba.

     Lo sé —dijo ella —por eso es que estoy aquí,contigo. Sé que te gusta este lugar

     Todos dirán que estoy loco, cuando diga lo que tengo que decir.

     Yo sé que no lo estas, tus padres lo saben, tu hermana. ¿Importa más?

     ¿Lo sabes? —pregunté.

     Siempre lo supe — dijo —mejor dicho siempre lo supimos. Míralo por el lado positivo, de todo ese conjunto de gente ahí dentro solo hay unos pocos que en verdad te quieren. Olvida el resto. Si para eso ha servido esta reunión, ha servido para algo bueno — y continuo — ¿Sabes? uno tiene que hacer en la vida muchas cosas que no le gustan pero tarde o temprano se da cuenta de ello y elige el camino que más le conviene —y supe que no solo se estaba refiriendo a mí—  y lo importante es ¿Cómo te sientes? —luego de una pausa dijo —Van once autos rojos.

     Siempre extrañe este lugar —dije.

     Una aureola de sabiduría me invadió y por fin después de tanto tiempo supe lo que tenía y quería hacer. Pude ver a mis padres, a mi hermana, a esta casa, veinte años en el futuro, pude ver el gras, los llantos y lágrimas que vendrían y pude sentir aquel tiempo que aún no ha llegado.  La reunión seguía su curso y la noche comenzaba a despertarse. Me sentí tranquilo y hasta podría decir que feliz.

     Tengo ganas de un helado —me dijo Cristina. Y yo supe que me estaba ofreciendo otra oportunidad

 


Hotel

     Cuando crucé el pórtico del Hotel Best-Plaza ella ya me estaba esperando. Crucé la puerta giratoria sintiendo una agitación en mi pecho. Traté de tranquilizar mi cuerpo, controlando las ganas de correr hacía ella que tenía. Cuando ella me vio, se puso de pie y percibí un pequeño temblor en sus piernas. Yo conocía esa mirada: ella no solo reconoció mi control, sino que luchaba a la misma vez contra la misma sensación.

 

     Me da mucho gusto volver a verte —dijo Andrea.

 

     A mí también —respondí.

 

     Andrea había visitado la ciudad donde nos conocimos y de donde se había marchado por trabajo. Andrea solo se quedaba esa noche. Mucho había pasado desde la última vez que la había visto. Andrea había cambiado de corte de pelo, se vestía más seria, su rostro tenía un trazo de tristeza (aunque siempre tuvo una mirada melancólica) y a la misma vez volvió a sonreír cuando le di un beso en la mejilla. ¿Por qué no pudimos ver felices entonces? La última vez que nos vimos había sido diferente, ella llorando y yo soportando aquel cosquilleo de garganta para no hacer lo mismo. El adiós en el aeropuerto, la mano saludando el vació.  Ella afianzándose a mi cuello diciendo “no me quiero ir” y yo abrazándola como tantas veces lo había hecho en la calle o en la cama. Yo solo tenía que decir “Quédate”. No lo hice.

 

     El lobby del hotel era pequeño. Andrea y yo nos sentamos en el único sillón que había. Le pregunté si quería tomar algo “Lo de siempre” respondió. Yo pedí dos Gin Tonic, su bebida favorita. Tenerla tan cerca y tan lejos era extraño. Su cuerpo, su rostro, sus piernas cruzadas. Y ese olor dulce que se impregnaba en mi piel. ¿Por qué me ha llamado? Pero el tiempo había pasado. Cuando empezamos nuestra relación, no quisimos darnos cuenta que después de toda la historia y la cultura si importan. Hablamos un idioma que no era el nuestro, viviendo en un país ajeno y aunque quisimos cerrar los ojos, entre risas y felicidad, la realidad nos volvió al suelo de los hechos. Yo la había querido tanto, que aquella noche, en la que ella era solo un reflejo en la pantalla de la computadora, acabando todas nuestras opciones y yo preso de mi incertidumbre de joven y de mi inexperiencia, dije que lo mejor era terminar. Ella solo dijo “Adiós” y cortó. Ella no supo cómo pase aquella noche y yo jamás sabré cuantas lagrimas ella derramó. Pero el dolor de un corazón se puede sentir en el aire cuando las palabras vuelan en el ambiente. No supe nada más de ella por un tiempo. Quisimos ser modernos, siguiendo como amigos como si nada hubiera pasado, pero aquel experimento moderno termino mal hasta que nos hicimos daño y dejamos de hablar definitivamente. Pero jamás la pude olvidar. ¿Y ella? No supe nada hasta el día de ayer cuando me llamo “Estoy en la ciudad por trabajo, solo un día, ¿tienes ganas de vernos?” “Tú di cuando” se escapó de mis labios. Cancelé la cita con mi novia e incluso le mentí diciéndole que saldría con amigos. No me sentí bien haciéndolo, pero no pude evitarlo.

 

     Estoy comprometida —me dijo, ensenándome el anillo en su dedo. 

 

     Te felicito ¿lo conozco? —respondí yo.

 

     No —respondió Andrea —. Cuando terminamos, empecé a salir con él. Nos casamos en tres meses.

 

      Me alegro por ti —dije —creo que mereces ser feliz.

 

     ¿Tienes novia? —pregunto ella. El mesero se acercó, dejo los dos vasos sobre la mesa y se marchó. Las puertas giratorias se abría y cerraban, como los pensamientos de mi mente. En el fondo había una suave música de cámara, a lo lejos se escuchaban las copas del restaurante y las risas de alguna celebración. Y todo se oscureció.

 

     Si —no quise mentir —llevamos doce meses ya.

 

     Me alegro por ti —dijo ella.

 

     Los meses que pasamos juntos, fueron las más extraños, difíciles y felices de mí vidas. Nos conocimos en unas clases de baile cuando ni yo quería ir y ni ella quería estar. Peleamos mucho hasta que sin pensarlo, nos dimos cuenta que nos veíamos cada día, nos llamábamos a cada momento y salíamos casi siempre. Una noche en mi cuarto, echado sobre mi sofá negro, pensé todo lo que podía pasar. Sabía que era una locura. Pero me puse de pie, salí, corrí por las calles y llegue a su cuarto, me senté sobre el suelo y le dije lo que sentía “Será una locura”  dijo ella y me extendió la mano y fue así como nosotros, las dos personas más lógicas que he conocido, se encontraron besándose, caminando, riendo, pensando en planes, haciendo al amor con pasión, no pensando que el mañana nos alcanzaría más rápido de lo que pensábamos. Y no paramos hasta aquella tarde en el aeropuerto cuando ella partió llorando y yo, con la tristeza de una verdad que no quería reconocer, no dije nada. Y ahora los dos estábamos frente a frente, en este Hotel. Sonriendo si reír, hablando sin abrir la boca, sintiéndonos sin tocarnos. De alguna manera sabíamos que cualquier camino que tomáramos, sería uno que traería tristeza a más de una persona. Andrea se puso de pie, me dijo que tenía que irse. Yo entendí lo que quiso decir. Nos dimos un beso en la mejilla y mirándonos quizás por última vez nos dijimos adiós.

 

     Estaba yo en la puerta del Hotel, viendo las luces de la recepción, las voces, el sonido de los taxis, el ruido del murmullo y el silencio. Debí haber estado ahí minutos hasta que el conserje me preguntó “¿Está usted bien?” “No” respondí y corrí.

 

     ¿Qué haces? —dijo asombrada Andrea al abrirse la puerta del ascensor y ver mi cara frente a la de ella.

 

     Sera una locura. ¿Estas dispuesta? —dije y ella río mirandome con los mismos ojos de la primera vez que hicimos el amor.

 

 

 


La luz en el laberinto

Algo debe de cambiar y pronto, pero ¿Qué? Y ¿Cómo?

 

    Cuando fui pequeño y aun corría por las calles llenas de toques de queda, desesperación, militares, truenos de coches bombas, escuchaba “a este país no lo cambia nadie”. ¿Ha cambiado el Perú?

 

     Cuando salí del Perú, en los noventa, un país devastado por el Fujimorismo, sin futuro, lleno de corrupción y miedo por un sistema opresivo y enfermo, escuchaba en mis oídos de aquellos que como yo salían de su país las palabras “a este país no lo cambia nadie”.

 

    Quince años después, con una economía estable, un futuro prometedor veo que una banda de oportunistas que añoran el pasado corrupto fujimorista logró apoderarse del congreso y estuvieron a paso de hacerlo de la presidencia. ¿Cómo fue eso posible” las palabras “a este país no lo cambia nadie” fueron las que escuche una vez más retumbando en mi mente.

 

    “Locura es querer siempre hacer lo mismo pero esperar cada vez resultados diferentes” Es una frase atribuida a Albert Einstein y nada mas cierto ni nada más cerca de la realidad.

 

     El gran problema no solo del Perú sino de muchas empresas y países de nuestro bloque occidental es justamente ese. Queremos hacer lo mismo, aun sabiendo que el resultado será el mismo. Queremos copiar, sin entender exactamente lo que estamos copiando. Somos como el alumno del colegio que no ha estudiado para el examen y en sus desesperación copia de su compañero pensando que este sabe más que el, cuando en realidad ha estudiado menos que nosotros.

 

     Hay compañías de tradición que en busca el nuevo rumbo, copian sin descaro conceptos y modas que no entienden, poniendo en peligro miles de puestos de trabajo. Después de todo “se ve bonito” y los originadores disfrutaran de unos años de bienestar para que cuando empiezan los problemas cobrar grandes indemnización y escaparse a alguna isla a descansar ¿Lo hemos escuchado antes?

 

     No hace ni una década que el mundo vivió una de sus crisis más graves, provocados no por lo managers sino por un sistema que lo permitió, poniendo a la deuda como base de una economía y a la compra sin lógica como el único modo de crecer. El castillo de naipes se derrumbó, muchos sufrieron, millones perdieron su trabajo. ¿Y qué hacen ahora? Basta ver el mercado inmobiliario antes y verlo ahora ¿Esperamos en verdad otro desenlace poniendo los mismos ingredientes en la olla?

 

     Las vías que se nos han presentado hasta ahora, capitalismo, comunismo, tecnocracia, todas son excelentes y todas tienen sus lados negativos. Ahora se nos presenta una nueva vía, que trata de poner un parche a todo lo malo, pero no lo cura. Y nosotros, hinchados por alguna ráfaga de ilusión (aunque yo diría más bien hipocresía) creemos algo que no es posible y buscamos una nueva respuesta a las mismas preguntas.

 

     Las metas son claras para cualquier empresa o país: estabilidad laboral, trabajo para todos, dinero adecuado y beneficios sociales. La manera de hacerlo es la que debemos de ver con cuidado. Es el momento de una nueva vía, de una nueva manera de ver las cosas que no es otra cosa que verlas como lo que son, no cerrarnos a modas de quince minutos, es hablar las cosas como lo que son y no espantarnos por alguna verdad bien dicha y tomar las medidas que son necesarias, aunque no sea “políticamente correcto”. Tratamos de olvidar el pasado, pensando que fue malo cuando ahí está la raíz de las soluciones, tratamos de vender las ideas, cuando olvidamos que una venta una vez hecha a terminado, tratamos de engañarnos con colores y videos, olvidando que en los hechos y no siempre las palabras es donde se ganan las batallas.

 

     Estamos en un momento en el que debemos encontrar nuestro camino, no copiarlo, debemos seguir nuestro destino, no colorearlo, debemos estar seguro de lo que hacemos, no consultarlo y debemos de tener el valor de dar el primer paso, aún cuando todo parezca decir lo contrario.

 


Despues de la noche

Hoy he querido compartir con ustedes una historia corta que escribi hace mucho tiempo pero a la que le tengo un especial carino. Espero que les guste    

 

 

 

Un cielo despejado dio paso a unos rayos de sol que cayeron sobre la piel, aun llena de pelos, suciedad y fango seco de aquel ser que se arrastraba, a veces de pie y a veces en cuatro patas a través de la selva. Quedaba tan poco de plantas verdes y las buscaba con desesperación. Se cogió con fuerza el hombro, que aún le dolía viendo incrustado en su piel llena de pelos aquel dardo puntiagudo que unos hombres con máscaras y vestidos de blanco le habían disparado el día de ayer. Y grito con tristeza, dolor y angustia. Ahora balbuceaba unas sonidos raros que aquel ser no entendía. ¿Dónde estaban sus padres?

 

     Aquel ser, se volvió sobre sí mismo al percatarse de había escuchado algo. El crujir de unas ramas al ser pisoteadas. El sonido de los arboles cuando son invadidos y además había oído algo muy parecido al sonido de aquellos simios blancos que le habían disparado el día de ayer y que ahora lo seguían sin cesar. Los sonidos venían del bosque y de su mente. Escuchaba aquella voz en su interior y por primera vez en su vida sintió miedo. El pequeño bosque tembló al escuchar el sonido de su grito. ¿Por qué le dolía tanto el brazo?

 

     Y corrió, pensó que llegando al arroyo que había más allá de los arboles eternos que cuidaban el bosque y sumergiéndose en las aguas podía escapar. Sabía que desde que aquel dardo se había quedado clavado en su carne lo estaban persiguiendo. Sus brazos fuertes, que antes le daban sustento al apoyarse sobre ellos, ahora se estaban volviendo débiles. Vio con tristeza como los pelos de sus brazos se caían al suelo cada paso que daba. Ya no podía sostenerse sobre ellos. Le estaba resultando tedioso caminar en cuatro patas. Ahora era más cómodo correr y caminar sobre sus dos patas traseras.

 

     De las piernas también se le estaban cayendo los pelos. Aquel ser se asustó ¿Dónde están sus padres? Solo recordó que desde hacía mucho tiempo no había visto a nadie más como él. No había nadie más en aquel bosque que pensaba era suyo. No había nadie más. A lo lejos ya no veía las montañas donde nació sino unos enormes objetos de piedra donde había luces, ruidos y muchos espejos. Y había cosas que volaban de edificio en edificio. Escuchaba aún el sonido de sus padres cuando gritaron al recibir la misma cosa que ahora tenía incrustada en el brazo y que inyectaba algo líquido dentro de él. Pudo percibir el dolor de sus padres cuando, con los ojos tristes, le ordenaron que corriera sin mirar atrás. Desde aquel momento no los había vuelto a ver. Y ahora él tenía esa misma cosa incrustada en su piel. Y dolía como el calor del sol o el hincón de mil abejas picándole a la misma vez.

 

     Él quiso quitárselo. Lo intento pero no pudo. Cada vez que lo intentaba le dolía aún más. Quiso trepar a un árbol pero tampoco no pudo. ¿Qué le estaba pasando? Ahora estaba en dos pies. Los brazos no eran tan grandes, no tenía pelo. Sintió frio. Y escucho el ruido de pasos. Escucho gritos. Esta vez no era su mente. Y siguió corriendo. Corrió como nunca lo había hecho. Solo escuchaba el sonido de su propio respirar. A su derecha e izquierda solo árboles, ya no había nadie. No había ya más seres como él. Ahí solo estaba el.  

 

     Llego finalmente al límite del bosque. El río que el conocía había desaparecido, solo una pequeña línea de agua le mostro él limite y después se alzaban por todos lados aquellas piedras que llegaban al cielo. Se sintió enjaulado sin poder ver la jaula. Respiro. Sintió sed. Se acercó lentamente al agua. Cogió un poco de agua con su mano y vio su rostro frente al agua. Nunca se había percatado del mismo pero ahora lo hacía. Vio sus labios, su nariz. Paso la mano por su cara. No sintió más pelos. Estaba solo. Solo. Se sentó. ¿Qué era?

 

     Por primera vez en su vida, pensó sobre él. Sobre su futuro. Supo que al ver su cara ya no era el mismo. Y por primera vez en su vida sintió temor y soledad. Una de las naves descendió y varios hombres vestidos de blanco bajaron. Se acercaron a él con precaución. Lo miraron. Estaba desnudo. Solo con aquel liquido aun introduciéndose en su cuerpo. Se levantó, grito el más profundo de los gritos y el más desconsolador de los aullidos pero su voz ya no era la de antes.  Lloro. Su corazón fue un hoyo vació. Uno de los hombres se le acerco de a pocos pero se detuvo. Lo miro de lejos. Cogió una pistola y le disparo en el pecho. Otro líquido rojo se introdujo en su cuerpo. Aquel ser cayó al suelo. Solo escucho decir al hombre que se le acerco unas palabras que ahora entendió bien

 

-        Lo siento, era necesario. Eras el último. Teníamos que integrarte a nuestra sociedad. Tu mundo se acabó, pero te ofrecemos un futuro mejor.

 

     Aquel ser lo miro, miro a los otros que poco a poco lo rodeaban. Miro los aviones que empezaron a dejar caer ciertas maquinas sobre el bosque. Vio que aquellos edificios se movían. Vio que todos se acercaban. Aquel hombre se le acerco. Lo miro. Le extendió la mano y lo ayudo a ponerse de pie y con la otra mano le enseño todo lo que tenía frente a él y le dijo.

 

-        Te hemos salvado. Ahora dinos, ¿Qué más podemos hacer por ti?

 

     Aquel ser supo que podía responder así que con una mirada fría y sin vida en su voz respondió.

 

-        ¿Puedes hacer que sea como antes? Solo quiero ir a casa.

 


El terror

Despues de mucho tiempo, me anime a ver una pelicula de terror basada en un libro de terror este fin de semana.

No quiero decir nada mas de la pelicula o el libro (que no he leido) sino un pensamiento sobre la fascinacion del ser humano por todo aquello que desconoce y que a veces recibe con temor y miedo.

Despues de todo, la base de todo genero dedicado al terror es generar miedo, un miedo que en vez de huir de el, corremos detras de el con fascinación y desesperación casi ilogica. Me imagino que debe ser el deseo instintivo de superar nuestros propios temores, o quizas simplement el deseo de poder hacer algo que nadie haya hecho.

En todas las historias de terror, hay alguno que sufren para que otros (los elegidos, los heroes) puedan superarlo todo y encontrar una salavación. Las sagas, las leyendas se basen en cuestiones similares pero el terror nos lleva a un mundo mas macabro, donde las cosas no se pueden explicar con ciencia, donde a veces necesitamos fe y donde nos encontramos que existe otro mundo que no es el que nosotros queremos que sea pero que existe. Y ahi, en el mar de nuestros temores encontramos la chispa del valor que nos hara resurgir. Quizas ahi radica el secreto, despues de todo todos tenemos miedo. vivimos en una sociedad donde tener miedo esta penado, donde todos deben tener el control todo el dia, donde demostrar emociones es casi un delito y por favor, no nos hagamos ilusiones. Se dice mucho del sistema actual, de la libertad de expresión  o los nuevos sistemas de trabao erpo sigue siendo lo mismo. Tener temor no esta bien visto. Y cual es problema? el problema no es tener temor, sino saber enfrentarse a el, controlarlo, no dejar que ese temor nos impida ser ni luchar por lo que creemos. Como en cualquier buena pelicula, nosotros somos los que tenemos la decisión y debemos hacerlo si es que no queremos que el miedo controle nuestras vidas.

 


Decision a medias

Como todos, escuche el mensaje a la nación del presidente de la republica Martin Vizcarra, no espere mucho y la verdad no recibi ninguna novedad. Mucho se ha hablado de su decisión "historica" y de "desprendimiento" al adelantar elecciones como medida para frenar la crisis politica que existe en el pais y que ha hecho del Perú un remedo de pais, un pais que desde hace tres anios (en si desde hace mas) solo discute de corrupción, de puestos y salidas pero nunca de problemas de fondo. Es a mi modo de ver una decisión no del todo equivocada pero una decisión a medias.

A ver, seamos sinceros, en verdad eso solucionara la crisis politica?

Desde que aquel japones entro en los televisores con su tractor prometiendo honradez, technología y trabajo, nos dio una bofetada en la cara. Nos ha mostrado lo peor del ser humano y lo de ser peruano y en vez de correr de un ser tan nefasto, lo han seguido. Miles y miles se dejaron enganar pero mas que eso otros miles vieron en el la posibilidad de sacar sus malos instintos, robando, mintiendo y contrabandeando con el pueblo, "su" pueblo No les interesa. Han pasado varios presidente, el japones estan en prisión y su partido sigue teniendo por lo menos un 20% de intencion de voto, sigue controlando el congreso y hay gente que sigue creyendo en el, ya sea dentro o fuera de la politica. Seamos sinceros, el parlamento no esta ahi por un golpe de estado, esa ahi porque la gente, la mayoria lo eligio olvidando todo lo vivido y simplemente dejandose convencer por promesas falsas, recordandonos que somos aun un pueblo inculto, que no lee, que no se informa, que se se conforma con nada. Y ellos lo saben muy bien, saben muy bien como gobernar un pais en ruinas moralmente y como dominar a las masas.

Han visto la pelicula biografica de Winston Churchill con un magistral Gary Oldmann? Hay una escena, cuando los ingleses desesperados por el avanze de Hitler no saben como reaccionar, quieren negociar con el, quieren hablar con el, quieren hacer politica con el. El resultado la invasion total de Europa y el inicio de la segunda guerra mundial. Cuando llaman a Churchill el solo promete "lagrimas y sudort" y cuando le dicen porque busca la guerra el responde de manera magistral "No se puede negociar con un tigre, cuando tenemos la cabeza entre sus dientes". Y el tiempo y la historia le dio la razón.

Quieren negociar con el fujimorismo? Quien en verdad hacerles entender? Quieren en verdad hacer politica? Esa gente solo entiende de una manera. El presidente Vizcarra tuvo la gran oportunidad de enverdad enfrentar al tigre, devolver el control y volver a tomar las riendas de la nacion. Algo que la misma nacion le estaba pidiendo a gritos. No lo hizo. Porque? No quiero especular, pero creo que esa fue su gran oportunidad.

Hoy, hace un llamado a la poblacion, a volver a elegir. A quien? La misma poblacion que eligio a esos inpresentables? Es lavarse la mano de cualquier hecho y camuflarlo de desprendimiento.

No me mal interpreten, la salida del presidente Vizcarra es un gran gesto, pero viable en un pais mas disciplinado. Pais que no somos. Gente como los fujimoristas no entienden de gentilezas. Ellos solo entienden un lenguaje. Y ese lenguaje no se esta usando.

 


La fantasia de la literatura

De joven, leí con velocidad y fervor libros de fantasía. Recuerdo que mi profesor de literatura (era su alumno predilecto, he reconocer, leyendo de antemano los libros que el pedía, discutiendo con el sobre los pros y los contras de los autores e incluso incursionando en los delitos menores al vender resumen de obras clásicas a mis amigos antes de un examén) era mas bien un hombre clásico, muy propenso a catalogar a los clásicos como Dante o Cervantes como la verdadera literatura y de menospreciar a los nuevos escritores o los libros de fantasía. Pero muy a mi pesar he de aceptar que estuvo equivocado.

 

 

En aquella época leí muchos libros de fantasía, devorando historias de dragones, creyendo que se podía hacer un cambio descubriendo la magia de un mundo bello e inexistente y sumergiéndome en las aguas de mares inexistentes y de elfos hermosos. Y pensé que aquello no era literatura, pero lo es.

 

 

He sufrido con los clásicos, he llorado con las tragedias, he dormido con el sueño perdido de los grandes filósofos, pero pocas veces he podido dejar este mundo como con aquellos libros y descubrí en los relatos de mi familia, en los cuentos del norte y las leyendas de un pasado algunas de las historias más fantasiosas y alucinantes que he podido vivir y apreciar.

 

 

Es por eso que quiero invitarlos a este pequeño mundo, a las dos historias que he recogido de tantas y que pronto podrán leerlas. Muy pronto.

 


La corrupcion en el Perú (y el fujimorismo)